Evento

Sacar belleza de este caos es virtud

Por Luz Buchensky

 

 



 

 

 Un filósofo decía que se crea por necesidad, si no, no hay nada. 

 

Se crea porque se necesita hacerlo. Se trata de conectar trozos de espacios. No es más que un trabajo manual. No existe más que la mano que puede operar las conexiones de una parte a otra del espacio.

 

— ¿Por qué la belleza?

 

—Me parece que mi pintura necesita estar dotada de la belleza, en esta etapa, tal vez en otra, no sé. Es que es así: son pasajes. Lo mío funciona sobre una base de una mujer bella, casi perfecta. También es eso, rozar la perfección.

 

Sus mujeres, sí, son completamente bellas.

Gabriela Rodríguez Natal es una artista surrealista. Pero todavía no. Ahora, a los treinta años y un poco más, está casada con un médico, trabaja de asistente, ocho horas diarias.

 

Un tiempo después es 2003. Su madre muere y su vida, tan normal, según ella, consumista y bastante frívola, empieza a caer. Su madre y ella tenían una relación casi simbiótica, eran pegadas. Gabriela siente eso que se llama dolor: va a psicoanálisis y empieza un taller de pintura y dibujo, en Casilda, su ciudad.  

 

—Me parece que el arte atraviesa las emociones, y de alguna manera, las emociones atraviesan la tela y es un ida y vuelta. Me parece que te tiene que atravesar de una manera, que, en un punto, duele.

El surrealismo, más allá, queda lejos; lejos de Casilda, en otro continente, en otro mundo.

A una mujer bella se la ve desnuda, pero está sobre una tela que tapa su desnudez: parece que la tela la constituye; Su cabello, marrón, parece que toma vida sobre la tela y que la tela se une al cabello, y hacen una mezcla donde uno es el otro.

Salvador Dalí, descomponer átomos, desarmar y desarmar, destruir oscuridades para crear; el inconsciente, los relojes, la memoria.

 

—Vito era un ser lleno de luz, una persona que no sé si yo tengo idealizada, conmigo fue tan generoso, yo llegaba al atelier y era luz: iluminó mi vida. Consejos no solo académicos, sino en la vida. Te daba el consejo justo, hacía una empatía terrible. La generosidad; se podría haber guardado un montón de secretos a nivel técnico, y sin embargo, no lo hizo.

Vito Campanella fue un gran artista plástico y metafísico ítalo- argentino. A sus veinte años, vivía en Italia y eran los años ´40.  Allí, en su tierra, ya siendo un profesional en lo suyo, participó de los talleres de un grande: Giorgio Di Chirico, también metafísico. Después, fue a París y lo conoció: participó de los talleres de Salvador Dalí. 

 

Dalí fue su maestro; en su atelier, absorbió, como quien dice, bebió del saber de un grande: era, claro, todo desestructurado. A veces, en su personalidad exótica, desmontaba todo y mandaba todo a donde los argentinos saben, para hablar en criollo. 

 

La segunda guerra, que definió destinos y destierros, también lo hizo para Vito: tuvo que dejar su tierra, entonces, un barco arribó a la Argentina.

 

Pasaron 50 años.

 

—Son muchos, los años.

 

La guerra fría, la revolución cubana, la caída del comunismo, el fin de las ideologías: el mundo que ya no era.

 

Es 2008, Gabriela está en Buenos Aires y le entregan un folleto de una galería de arte. Lo ve. Regresa a Casilda y le dice a su profesora de dibujo: “yo quiero hacer esto, yo quiero dibujar, pintar esto “.

Busca y encuentra.

Buscó su mail, era un mail tan raro, que se le apareció en la web, en su computadora, armatoste, como las de antes. Mandó, como se decía entonces, un correo electrónico; le escribió y le contó que lo admiraba, que ojalá, algún día, pueda mostrarle lo que estaba haciendo.

 

—Es la fantasía de llegar a quien admiramos

 

Entonces.

 

Florencia, la secretaria de Vito, le contestó; le dijo que, por favor, lo llame al teléfono de su taller, que le mencione el mail, que Vito, el maestro, la iba a atender.

 

Así sucedió: la atendió y Gabriela fue a Buenos Aires.

 

Le llevó sus cuadros, los colocó bajo una gran pintura de Campanella: uno de sus cuadros era una espalda femenina: Gabriela le pegó un cierre en el medio: todavía no sabía cómo hacerlo. Él le dijo que iba a ayudarla a formarse, que veía un surrealismo incipiente.

 

Este encuentro es metafísico, le dijo: hay un sentir físico y espiritual que no puedo contar, digo, la metafísica, esa palabra aristotélica, más allá de la naturaleza, lo que no se ve ni se toca ni puede saberse, salvo, sabiéndolo, como la fe.

 

—Como si no perteneciera a la relación material de este mundo.

 

Este encuentro es metafísico, le decía el gran pintor a una joven que lo único que tenía eran cuatro cuadros recién pintados. Son los ángeles, lo hicieron ellos, le decía Vito; los ángeles, que alguna vez pintó ahora definían ese encuentro, en esta vida; pero era un encuentro que se realizaba porque ya se conocían de otras vidas: los ángeles lo habían hecho. Él era el artista y ella todavía no. Ella no podía creer que le dijera eso, sobre todo, porque sintió lo mismo, que ese encuentro era especial.

 

—Yo, con la muerte de mi mamá… Mi mamá fallece en 2003 y lo conozco en 2008, en ese período, me descreí casi de todo, te la agarrás con algo superior, entonces, él me volvió a inducir a este tema, la de los ángeles: él creía en la reencarnación.

 

Hay cabezas y cabezas: la mujer de Gabriela tiene en el lugar del cerebro, juguetes: es la infancia que aparece. Hay otras cabezas, que parece que en vez del cerebro tiene pájaros azules, en diferentes tonos del color, porque para Gabriela, el color es muy importante; se va formando una cabeza, más que una cabeza es la mente, que vuela como los pájaros, y entonces, los pájaros parecen que quieren llegar a la emancipación de salirse y poder huir.

 

—Siempre hay un tema con la cabeza, es muy simbólico.

 

—Sí, terrible, a mí me parece que la cabeza de uno no se le puede entregar a cualquiera.

 

Su inconsciente, el inconsciente, para los surrealistas y para Gabriela, es lo más importante: pintar, expresar lo enigmático, ponerlo ahí, en la tela, ir a ese lugar que no es tan claro, lo que nunca termina de ser y lo que da la posibilidad de llegar a otras zonas.

 

Una mujer que tiene en su torso un vestido, pero no es uno como cualquier otro, sino lo que se ve es como una tela que no es tela sino madera, ningún tipo de madera tan trabajada, sino es un árbol, como quien ve un árbol en un cuerpo, pero cómo se sostiene un pedazo de madera que es árbol en el cuerpo, entonces se ve, en el cuadro, como dos clavos, uno en cada costado del pecho, que sostiene la madera, que hace que la mujer esté vestida, digo, más que vestida, tapada con algo que no es sino ser tomada por  algo que la recubre.

 

Es 26 de diciembre de 2014. Hay un océano y Gabriela está en el medio del océano, sin saber qué hacer. Vito muere de una larga enfermedad. Seis meses antes, le dijo a Gabriela que ya estaba lista, que su discípula, ya podía sola.

 

Ni el 26 ni el 27 ni el 30 de diciembre, Gabriela pudo pintar sobre la tela, con sus óleos, sus colores; sus mujeres, tan vivas, tan hermosas.

 

Pasó un mes y una mariposa muy grande, rara, se posó sobre la ventana del atelier de Gabriela. Aleteaba y aleteaba: quería entrar, ella lo sabía, que quería entrar. Era él. La mariposa era él. Y ella pudo agarrar los pinceles, y colorear la belleza de las mujeres, sobre una tela, con óleo.

 

 

*Crónica producida en el taller de periodismo narrativo dictado por Juan Mascardi y Angel Amaya en el Museo del diario