Evento

¡No va más! La historia de un ludópata

Por Ignacio Pellizón

 

 



 

 

 

 —Disculpá, ¿vos sos Nacho?

 

Se acerca a la silla que está frente a mí y se sienta en la mesa en la que estuve esperándolo alrededor de nueve minutos en el bar Mengano. Un icónico bodegón de Rosario, donde los carlitos de pollo salen tanto como las milanesas con papas fritas.

 

—Sí, soy yo, ¿usted es Roque?, le pregunto mientras convivimos con el bullicio de las mesas contiguas, el ruido de los cubiertos golpeando con los platos y el “¡¡enseguida sale!!” de los mozos del bar.

 

—¡Sí! Perdón por la tardanza.

 

—No hay problema, ¿cómo es su nombre correctamente así lo anoto?

 

—Roque

 

—Sí, pero me refiero al suyo, al que figura en el DNI.

 

—No te lo puedo decir. Cada uno usa un nombre falso. Este es mi seudónimo dentro de la hermandad.

 

—Entonces… ¿no voy a poder saber nunca su verdadero nombre?

 

—Lamentablemente, no.

 

Hace seis años y medio que tuvo su última recaída y hace ocho que Roque es Roque. “Solo por hoy”, se dice así mismo todos los días, desde el 23 de diciembre de 2011. La lucha es por no jugarlo todo, todo el tiempo. Roque no es el nombre de un personaje de un cómic o el de una historia ficticia, es el nombre que le puso al hombre que pelea por no jugar, por no vaciar su alma ni sus bolsillos, otra vez.

 

***

 

Entre estancias y cultivos, Roque pasó su infancia en la localidad de Coronel Arnold. El pueblo, que está a 40 kilómetros de Rosario, fue donde él y sus seis hermanos y dos hermanas jugaban y se divertían. El juego siempre estuvo presente en su vida, aunque con el paso del tiempo dejó de ser divertido y se convirtió en un desafío diario.

 

Siempre que podía se acercaba al bar del pueblo para ver cómo los adultos tomaban y jugaban a las cartas. Tiempo después fue él, quien se encontraba pasando el tiempo en la taberna, apostando algunas monedas para ganar en el truco o lo que pintara en ese momento. 

 

Como si se tratara de un juego de azar, la vida lo llevó a que empezara a trabajar de camionero. Al tiempo que conoció a Ana María, con quien lleva 35 años casado, empezó a deslumbrarse por los casinos de Corral de Bustos y Paraná. Las mentiras para poder viajar a jugar empezaban a ser una marca registrada en su dialéctica.

 

GIRANDO COMO UNA RULETA

 

Roque trabajaba de encargado para una empresa rosarina que tenía una línea de micros de media distancia en el conurbano bonaerense. De lunes a viernes su vida estaba allá, coordinando colectivos. Los días de octubre y noviembre de 2011 fueron todos iguales para él. Estaba en el punto más extremo de la enfermedad. 

 

Paraba en el hotel Pampa, en el barrio de Palermo. La estadía se la pagaba la empresa para que pudiera ir a trabajar a Puente Saavedra, que es de donde salían los ramales para diferentes localidades. 

 

En esos meses del 2011, cuando el país se iba acostumbrando a tener como nueva presidenta a Cristina Fernández de Kirchner quien había ganado por el 54% de los votos, Roque se levantaba entre las nueve y las diez de la mañana, porque sencillamente no se podía levantar antes. 

 

Iba a la empresa cada vez menos porque podía resolver los problemas por teléfono. Su mayor preocupación era conseguir dinero. “Apenas conseguía algo de guita” se iba al casino de Tigre, que estaba a veinte minutos de su trabajo. Tenía el tiempo y la distancia memorizados, desde que se compró el Chevrolet Aveo el año anterior y que estaba a nombre de una de sus tres hijas (Rocío, Emilse y Macarena). A esa altura ya no tenía nada a su nombre.

 

Cuando perdía el dinero que tenía (jugando casi siempre a la ruleta) a las seis de la tarde estaba de vuelta en el hotel Pampa. Si volvía a conseguir dinero se iba en colectivo al hipódromo de Palermo, donde había maquinitas electrónicas. Ese lugar estaba “súper preparado”. “Te ofrecían todo el confort, todos los lujos: aire acondicionado, música suave que te daba placer, desconocías si era de día o de noche, te ofrecían un café. Igual que un casino”, detalla Roque. 

 

En esos dos meses -entre noviembre y diciembre del 2011- empezó a beber alcohol. Tomaba tanto que una noche se fue del casino de Tigre en un remis, porque se olvidó que había dejado su auto en un valet parking. Se sentía tan derrotado que sólo podía pensar en la próxima jugada.

 

Roque conseguía el dinero a través de prestamistas que ya lo conocían.  Los citaba por teléfono y le traían dólares. Así fue que mantuvo una deuda durante un año y medio, después de haber dejado de jugar, el fatídico 23 de diciembre de 2011. 

 

En esos meses se la pasaba mintiendo. Lo llamaban y atendía desde el baño del casino de Tigre. Se podía dar ese lujo con el trabajo, porque era uno de los referentes de la línea en Buenos Aires, con lo cual tenía poco control. Mentía todo el tiempo: de diez palabras, nueve eran mentiras. Su vida era el juego.

 

LA FOTO DE SU VIDA

 

Roque tenía la (mala) suerte de ganar a veces. Una noche fresca de junio del 2010, se fue al casino de Tigre con el Aveo nuevo que se había comprado. Entró a las cuatro de la tarde con mil pesos de hoy en el bolsillo. Comenzó a apostar y empezó a ganar, ganar, ganar y ganar sin importar a lo que jugara. Fue a apostar a una mesa en la que la mínima era de 50 pesos. Y ganó, ganó, ganó. Salió del casino con dinero hasta en las medias. Había ganado tanta guita como para comprarse tres autos juntos. 

 

Volvió al hotel Pampa a las cinco de la mañana, subió al cuarto piso donde se hospedaba casi siempre, abrió la puerta de la habitación, entró y tiró todo el dinero arriba de la cama de dos plazas. Su mente fotografió ese momento y se lo tatuó a flor de piel. Parecía que todo valía la pena. Que su día de suerte al fin había llegado. 

 

Había más de diez fajos de dinero sobre la cama. En el mini freezer de la habitación tenía botellas de champagne. Comenzó a beber de la alegría, estaba tan excitado que no se podía dormir. Se bañó. Se hicieron las diez de la mañana de ese miércoles, citó al prestamista y le pagó una gran parte de la deuda que tenía. Después de almorzar, a la una del mediodía, pasó por su trabajo y siguió derecho para el casino de Tigre. Y así fue como en menos de cuatro días perdió todo. Ese lunes volvió a pedir prestado, como nunca, como siempre.

 

SALIR A PERDER

 

Es viernes 23 de diciembre del 2011, un día antes de navidad. Son las 10 de la mañana. El día anterior, Roque había ido al casino y había ganado. Pidió el  sueldo adelantado a la gerenta de la empresa por cuarta vez, porque hacía tiempo que no llevaba plata a su casa. Con ese dinero pensaba volver a Rosario, para pasar las Fiestas con su familia y sus ocho hermanos, como todos los años. 

 

Eran las dos de la tarde y ya había dejado todo preparado en el trabajo. Estaba contento. Salió con el auto rumbo a su casa, agarró Panamericana y en el ramal Tigre “el Aveo encaró sólo para esa ruta”, relata Roque. Llegó a la YPF. Estacionó. Entró al supermercado que está al lado. Compró un cartón de 20 atados de 20 cigarrillos Marlboro, dos botellas de fernet de 750 y dos botellas de vino tinto Carcassonne. Guardó todo en el baúl y se fue al casino. A las tres de la tarde, una hora después, ya no tenía más un solo peso. Únicamente le quedaba algo sencillo que se había escondido para pagar el peaje. Así regresó. Fue a perderlo. Se quería matar. Intentó matarse.

 

Aunque hacía desde el 17 de octubre del 2011 que estaba yendo al grupo de Jugadores Anónimos, no le daba ninguna importancia. Creía que estaban locos. Iba al grupo porque quería dejar, pero la adicción lo superaba. 

 

Desde el casino fue directo a la reunión del grupo que comenzaba las siete de la tarde de ese mismo día. Uno de los hermanos -como suelen tratarse entre compañeros de grupo- le recomendó que blanquee la situación a su familia. Le hizo caso. Les contó a su esposa y sus tres hijas toda la verdad: que no tenía un centavo, que tenía deudas, les contó todo lo que había hecho. Sus hijas le dijeron: “Así no te queremos más”. Lloraron todos y Roque agarró un bolso con ropa y se fue de su casa: “Me fui para quitarme la vida, pero por alguna razón no pude”.

 

Se dirigió al terrenito que tiene en Andino. En ese lugar había una piecita chiquita. No quiso ir ahí. Se quedó a dos cuadras de la autopista Rosario-Santa Fe. Estuvo varias veces esa noche intentando tirarse debajo de algún camión, pero de la borrachera que tenía no llegaba ni a la ruta. 

 

Al otro día, se despertó a las once de la mañana tirado en el suelo al lado del auto. Era sábado 24 de diciembre de 2011. Se levantó y se encerró en el terrenito. Pasó todo el 24 y el día de Navidad. No recibió llamadas de nadie, salvo de uno de sus hermanos y una sobrina. Lo ayudaron con dinero, cosa que no deberían haber hecho, admite Roque. 

 

El lunes, barbudo, sucio y como estaba, se volvió a Buenos Aires. Llegó al hotel Pampa. Se bañó, hizo lavar la ropa, dejó la deuda, la empresa se enteró porque, además de él, una de sus hijas también trabajaba en la compañía. Lo hicieron volver a Rosario. Su familia lo perdonó y se aferró muy fuerte al grupo. El 6 de enero lo llamaron de la empresa para pedirle que vuelva, que querían ayudarlo. En ese momento intentó reconciliarse con Dios, porque lo había perdido y lo insultaba a cada rato cuando le iba mal en la ruleta. Su familia y Dios le dieron una nueva oportunidad. 

 

El primero de junio del año 2013, Roque tuvo una recaída. Hoy lleva seis años y medio “limpio” como dice él. Hoy lleva seis años y medio ganándole todos los días al juego por apostar a la vida.

 

 

*Crónica producida en el taller de periodismo narrativo dictado por Juan Mascardi y Angel Amaya en el Museo del diario