Evento

La esquina del hombre caracol

Por Facundo Petrocelli

 

 



 

En noviembre, las calles de Rosario se tiñen de lila y el aroma dulzón de las flores de los jacarandás invita a caminar por la ciudad. Néstor reniega porque ensucian la vereda y tiene que barrer a cada rato esta invasión de flores violetas que caen incesantemente de las copas de los árboles. A él le gusta mantener limpia su casa: tiene un arsenal de escobas y escobillones, un secador de piso, trapos, un escurridor y una pala con mango para mantener impecable la cuadra donde vive. “Barro cuatro veces en el día. Arranco a las cuatro de la mañana y barro hasta las siete. Barro toda la esquina, el pavimento, la vereda, los canteros de los árboles. Al mediodía barro solo un rato, para no molestar a la gente que pasa caminando, ni a los que esperan el colectivo. A la tardecita vuelvo a barrer una hora. Y a las diez de la noche cuando cierran las puertas del súper, así queda todo limpito para el otro día”. 

 

El supermercado ocupa la esquina y la residencia de Néstor comparte medianera con el gigante comercial que abastece a los vecinos del barrio. Sobre una de las paredes de este establecimiento, Néstor se afincó con todo su mobiliario ambulante. Hace diecinueve años que no necesita llaves de casa porque vive en la calle. Sus pertenencias están a la vista de todos: una valija grande, plateada, de viaje, sobre la que se sienta y duerme de noche, bolsos, trastos y bultos de diferente tamaño atados con sogas, bidones de plástico vacíos, una frazada, un carrito rojo de rueditas con diferentes compartimentos en el que guarda todo tipo de chucherías: utensilios de cocina, cubeteras, tuppers, una radio, una calculadora, una linterna. Esa es su casa. Él con su casa a cuestas. Su casa caracol. 

 

“Tuve algunos trabajos, administré propiedades, hice jardinería, trabajé en una radio, pero alrededor del 2001 me quedé sin nada”. Ese “nada” es mucho más que una palabra, es un precipicio. Un salto al vacío, un cruce de frontera a un espacio indefinido y hostil. Cuando la ola fatídica del tsunami político, económico y social del 2001 se devoraba un país entero y el Titanic se hundía en el fondo del océano, Néstor era uno de los pasajeros que no tenían lugar en los botes salvavidas. Y, desde entonces, habita en su isla de náufrago en una esquina céntrica al costado del supermercado.

 

Néstor tiene 40 años y con tan solo 20 comenzó su vida nómade por las calles de Rosario. Su periplo atravesó plazas, parques, recovas. Es una especie de Ulises moderno, pero no está regresando a ningún lugar. Siempre está partiendo. No hay Penélope que aguarde por él, ni Homero que narre sus pasos errantes.

 

¿Cuántas noches hay en 19 años? La calculadora dice que son 6935. Néstor podría reescribir Las mil y una noches. “Lo más duro es la noche porque pasa muy lento. No hay nadie y hay mucho silencio. Tengo que cuidar mis cositas, que no me roben. Y cuidarme de la gente mala. Hay veces que chicos que salen borrachos de los boliches me golpean. Una vez terminé en el hospital. Me dejaron el ojo así”. Y con su mano dibuja un círculo imaginario sobre uno de sus pómulos. Duerme alrededor de tres horas por noche, lee, hace anotaciones en un cuaderno y dibuja. “Algunos dibujos los vendo. Dibujo lo que sueño. Sueño muchas cosas. Pero no dibujo lo que pienso. Eso lo guardo para mí, no quiero que lo sepa nadie”. 

 

— ¿Qué soñás? — le pregunto y me mira con ojos cansados, como gastados de tanto mirar el mar de gente y automóviles que lo rodea.

 

— Sueño con tener una oficina y ahí sí voy a poder dibujar lo que pienso. 

 

— ¿Y qué anotás en el cuaderno?

 

— Mapas, caminos, rutas para llegar a Brasil.

 

— ¿Por qué querés ir a Brasil?

 

— Porque allá me voy a hacer los dientes y a cortar el pelo. Yo tengo dientes muertos, de ancianos. Me los pusieron en el Centenario y son dientes de gente muerta, pero en Brasil los dientes son de hueso de indígena. Son dientes fuertes, vivos. Y de ahí voy a viajar a Estados Unidos. Seguro que allá consigo trabajo.

 

Cuando habla, Néstor mira hacia los costados como si su cabeza tuviera un radar que controla cada uno de los movimientos a su alrededor. Su voz se torna más leve, apenas audible, y sus manos se detienen cuando advierte pasos que se acercan, una bocina estridente, un grito perdido que cae desde algún balcón, una risa descolgada de una charla en la vereda de enfrente, un violento chirrido de gomas de una frenada o la puteada al aire de un taxista cuyo eco queda flotando en la esquina.

 

Dice el tango que veinte años no es nada. Pero en la calle es mucho. Néstor habla torrencialmente y es difícil interrumpirlo. Cada tanto agarra la calculadora y empieza a hacer cuentas para explicar sus ideas con números. Cuenta los kilómetros a Brasil, lo que gana un empleado del supermercado por cada hora que trabaja, el impuesto de las cosas que consume, los colectivos que pasan por la esquina, la plata que tendría que conseguir para tener su oficina, las ganancias del día que los vecinos le depositan en una urna de cartón. Pero Néstor no solo pide monedas, sino palabras. Dice que en el barrio lo tratan bien y lo cuidan. Que una vecina que se llama María le cocina costeletas y hamburguesas, que otro vecino le regaló una silla para estar más cómodo y que algunos le han pedido conocer sus dibujos. A pocas cuadras, un bar céntrico llamado Café Rosario ofreció en los meses invernales raciones de comida gratuitas para gente en situación de calle. Hay gestos, acciones y miradas que valen más que el buzón de cartulina lleno de monedas.

     

 “…sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean…»  (Fragmento del poema “Los Nadies” de Eduardo Galeano)

 

En la actualidad los Néstores se multiplican por cientos que deambulan por la ciudad, buscando un lugar donde guarecerse del frío, del viento, de la lluvia, de la vida. Madres con bebés alzados sentadas en el umbral de supermercados, niños cabizbajos que ofrecen estampitas en los bares, son imágenes cotidianas del desconsuelo, los rostros visibles del sufrimiento que las estadísticas traducen en glaciales matemáticas.

 

El índice de pobreza aumentó más de 10 puntos en el Gran Rosario durante el último año, al ubicarse en el 35,5 por ciento al término del primer semestre de 2019. En la región se contabilizaron, a mitad de año, 466.123 personas pobres, de las cuales 74.712 son indigentes, según Instituto Nacional de Estadística y Censos.

 

Es de noche, apenas una ligera brisa de primavera que llega desde el río mueve las ramas de los jacarandás. El supermercado se encuentra cerrado con la cortina metálica. Néstor barre los últimos pétalos violetas y deja limpia su casa antes de dormir.  

 

 

*Crónica producida en el taller de periodismo narrativo dictado por Juan Mascardi y Angel Amaya en el Museo del diario