Evento

El pianista de las luces celestes y las luces rojas

Por Pablo Di Tomaso

 

 



 

 

 

Me crié mirando Grandes Valores del Tango los sábados a la noche, y cada vez que sonaba algo de D´Arienzo veía que mi padre empezaba a mover sus dedos como queriendo acompañar a ese piano de Fulvio Salamanca y sus labios intentaban imitar la voz de Jorge Valdez. Yo era un purrete, quizás por eso no entendía nada. Alguna vez escuché, que cuando uno empieza a envejecer, el tango pasa a ser la Biblia de la vida. Y así fue como, llegando a mis cuarenta, me interesé por la vida de un hombre que siempre estuvo presente en las comidas familiares y que conocí personalmente por primera vez cuando los Solistas de D´Arienzo visitaron mi ciudad.

 

Eran los primeros días de un enero caluroso y problemático. Caminar por el Barrio de Monserrat, en la capital argentina, es mezclarse entre las oficinas estatales, la histórica Plaza de Mayo con sus pañuelos, disfrutar de los balcones del Cabildo y desde allí vislumbrar la imponencia de la Casa Rosada. Ahí mismo también, descansan los restos de José de San Martín y Manuel Belgrano, y como si fuera poco, fue el lugar donde vivió como Cardenal nuestro Papa Francisco. Un barrio que lleva el nombre de aquella virgen catalana llamada Montserrat y en donde se respira, sobre todo, aire de tangos y milongas. 

 

Allí, en ese barrio lleno de historia, donde se formó gran parte de nuestra nación, vive el Maestro Alfredo Montoya. Ingresar a su departamento es como entrar en un piano o bien sentarse a escuchar las voces de los coreutas que semanalmente visitan al ilustre cañadense. En su pequeño living, lleno de carpetas, fotos y libros, don Alfredo comenzó a relatarme su vida. Su papá era un cordobés del barrio de San Vicente, un transeúnte de la música. En uno de sus tantos viajes conoció a su madre, una maestra rural de un pueblito llamado Serrezuela, ubicado en el departamento Cruz del Eje. Fruto de ese amor entre las letras de un cuaderno y un pentagrama nació Alfredo, nuestro protagonista. 

 

Eligieron Cañada de Gómez para vivir, quizás porque había sido el lugar donde más feliz se había sentido su padre en una de sus innumerables giras, sin saber que, desde la Capital del Mueble, saldría uno de los pianistas más exquisitos del tango argentino. En aquel hogar y en aquella tienda, donde se crió, Alfredo empezó a teclear las primeras notas del concierto de su vida. Casualmente, enfrente de ese comercio, se encontraba la Parroquia San Pedro, por aquel entonces el único espacio que los creyentes tenían para pedir y agradecer a ese Dios que todo lo ve. Padre e hijo asistían al lugar, y no por ser católicos, sino más bien para escuchar al coro parroquial que contaba con las mejores voces del momento. Era una de las pocas veces que los muchos de la Cañada disfrutaban gratuitamente de un espectáculo musical. Dicen los entendidos, que la acústica del templo era sólo comparable con el Verdi, un mini Teatro Colón en medio de la Pampa Gringa. Siendo un niño de cinco años y gracias a la templanza de su madre como ferviente cristiana, Alfredo comenzó su tarea como monaguillo sin dejar de mirar aquel viejo órgano de vientos italiano que se encontraba en los altos del templo. 

 

Entrando en su adolescencia comenzó sus primeras tareas como docente de música en su casa, cuando en las radios sonaban Antonio Tormo, Atahualpa Yupanqui, Los Chalchaleros, Los Cantores de Quilla Huasi, Los Fronterizos y un joven Jorge Cafrune estallaba en el folklore argentino, poniéndose de moda entre los jóvenes y niños que querían aprender. Y hasta fue el primer maestro en el colegio católico de varones de la ciudad. Pero nadie se esperaba que la vida de Montoya, se entremezclara con la noche, el baile, el tango y las misas.

 

Alguna vez, el gran Leonardo Favio expresó en un concierto, que en su pueblo «las callecitas de tierra y la plaza eran una prolongación de nuestras casas. Dormíamos con las puertas y las ventanas abiertas. Había en ese pueblo un enorme caserón de barro pintado de azul en cuya puerta había un farolito rojo. Lugar obligado de los obreros a fin de mes, lugar inalcanzable para nosotros los adolescentes, casi niños, que solíamos esperar el amanecer para ver salir de ese caserón hermosas e inalcanzables muchachas que un día partían así misteriosamente como habían llegado…» Algo similar eran los cabarets en las décadas del cincuenta y sesenta, en esa joven Cañada. Donde no solamente se encontraban las chicas bien de casa mal, sino también era un ambiente de encuentros, de bailes y de orquestas. Y en ese contexto, Alfredo consiguió la autorización de su padre, ya que era menor, para dar sus primeras presentaciones tangueras. En el primer lugar donde tocó, fue en La Lámpara de Aladino, después en el Brasilian, al tiempo lo contrató el Mocherí y terminó en Patricia. 

 

Alfredo era, y sigue siendo, un hombre de baja estatura, pero con una pinta gardeliana de aquellas. Y así fue, que un buen día y caminando por su barrio, conoció a Ofelia, quizás la voz más bella que haya tenido la ciudad. Era una lírica inigualable. Se enamoraron haciendo música sacra, porque Alfredo de día era el pianista oficial de la Parroquia. No solamente formaron una gran familia, sino que formaron el dúo más recordado de la historia lugareña. Él en el órgano y ella en la voz, fueron los artistas que casamiento tras casamiento cantaron el Ave María a varias generaciones.

 

Cuando la terrible noche de la dictadura llegó a la Argentina, enseñar canciones prohibidas le produjo una alerta al director de una escuela en Las Rosas. Allí apareció uno de sus grandes amigos, Oscar Serrano, otro brillante trompetista nacido en Cañada, que lo llamó para trabajar en Venezuela donde vivió diez años, retornando en 1986 a su país, pero esta vez para vivir en Buenos Aires. En aquel lugar volvió al tango, y entre muchas de las orquestas que integró, fue el pianista de Los Solistas de D´Arienzo, aquella orquesta que escuché de niño junto a mi padre. Pero la Iglesia siempre estaba cerca de él. A mediados de los noventa, Juan Carlos Barbará, autor de La Misa Tango, dejó su obra en manos de Alfredo Montoya. Con dicha obra comenzaba una experiencia que lo llevó a recorrer Estados Unidos, Brasil, Holanda y Japón.

 

La vida de un músico siempre es difícil, pasan largas horas de la madrugada en lugares públicos, haciendo esa tarea tan noble y bella, de la que muchos disfrutan, pero para el músico es el momento de trabajar, de exponer su obra, de actuar con profesionalidad. Y cuando los rayos del sol empiezan a asomar, llega la hora de su descanso, mientras que el resto se levanta para un nuevo día con ilusiones, esperanzas y proyectos.

 

Hoy Alfredo Montoya es Ciudadano Ilustre de Cañada de Gómez, un músico brillante, un hombre con códigos. Hoy, con sus ochenta y un años encima, recordamos a ese tipo que supo ser pianista, tanto en el Paraíso como en el Infierno. 

 

 

*Crónica producida en el taller de periodismo narrativo dictado por Juan Mascardi y Angel Amaya en el Museo del diario