Evento

Canillita por oficio y obligación

Por Gonzalo Díaz

 

 



 

 

 En Rosario hay alrededor de 300 puestos de diarios. Uno de ellos es el de la familia De Carlo. Actualmente está a cargo de David. Pertenece a la tercera generación en el oficio de canillita.

 

David nació el mismo año que la Selección Argentina de Fútbol se consagró por primera vez campeona del mundo y el país sufrió el aplastamiento de los derechos humanos por la Dictadura Militar de Videla. Desde muy temprana edad, su curiosidad lo llevó a conocer y acompañar a su padre en el reparto matinal de diarios por toda la ciudad. Fue así como aprendió el oficio de canillita, una tradición que vio su origen en los pedales de la bicicleta de su abuelo Gerardo.

 

Canillita es un término que el dramaturgo y periodista uruguayo Florencio Sánchez implementó en una de sus obras, en la que contaba que un niño repartidor de diarios de clase baja tenía unos pantalones casi nuevos que le habían quedado cortos por su crecimiento repentino. Desde sus comienzos, el vocablo se les atribuyó a aquellos vendedores callejeros de periódicos y se fue adaptando con el paso del tiempo. Hoy, la mayoría de los canillitas se encuentran en un puesto fijo de venta. Sin embargo, hay quienes siguen realizando repartos. De esa minoría, forma parte David De Carlo.

 

Un freno de golpe, bocinazos, decibeles altos, mal humor de lunes por la tarde. Como si el día, la hora o la temperatura por encima de los 30 grados en la escala de Celcius, fueran determinantes en el ánimo de los transeúntes. Ahí estaba David, dentro de su puesto de diarios. El reloj marcaba cinco minutos después de las 13:00 hs y su cara lo decía todo, tenía el tiempo contado para cerrar el puesto y volver a casa para almorzar y descansar. Sin embargo, quería contar detalles de su vida.  

 

“Mi viejo fue canillita, era un laburante como pocos. Pero tuvo que partir cuando yo tenía solo nueve años”, dice el canillita de 41 años. Un viernes 28 de julio de 1995, su madre, María Elena, le anunciaba por teléfono, la más triste noticia: Julio, su padre, había muerto. Tenía 50 años, padecía de un tumor cerebral y murió de un paro cardiorrespiratorio. Fue un canillita, de esos dedicados, que querían llevar las noticias a todo el mundo, pero tuvo que partir. Y con él se llevó un secreto: sólo él sabía quién había asesinado a su padre, Gerardo De Carlo.

 

David cuenta todo lo que sabe de su abuelo: “De mi abuelo Gerardo en casa casi nunca se habló. No se tocaba el tema de cómo lo asesinaron”. Todavía guarda unos recortes de diario con la noticia de aquel fatídico episodio. Gerardo De Carlo estaba reunido con los demás integrantes del Sindicato de vendedores de diarios de Rosario en noviembre de 1955. El país se veía envuelto por las manos sangrientas de la llamada “Revolución Libertadora” tras derrocar a Juan Domingo Perón. Una discusión que fue elevando su nivel de agresión, terminó con el homicidio de Gerardo tras un letal cuchillazo de un tal “Juncos” (así sin nombre) según se redacta en el diario La Acción.  

 

“Mi papá se enfermó por todo lo que se guardaba. Se llevó a la tumba el nombre del asesino, el lugar donde vivía y todo”, revela David. Su padre fue quien forjó las bases del negocio familiar, el que lo restableció más de diez años después del asesinato de Gerardo. Julio luchó contra un cáncer cerebral durante un año. Mientras lo padecía con morfina de por medio y ya sobre el final, insistió con estar atento al trabajo, los pedidos y el reparto. 

 

¿Quién está preparado para hacerse cargo del negocio familiar con 16 años? David tomó fuerzas y con el apoyo de María Elena sostuvieron lo que Gerardo había armado, una gran red de clientes compradores de diarios. Los primeros años, casi sin descanso y como un reloj suizo, salían caminando por todo el macrocentro repartiendo ejemplares y sumando de a poco más clientela. 

 

Este joven De Carlo se fue embarrando en el juego de ser “diariero” a medida que el tiempo pasaba. Hoy, tras 24 años de oficio sigue haciendo la misma rutina sin haberse tomado siquiera una semana de vacaciones. Duerme entre cuatro y cinco horas diarias. Se levanta a las dos de la mañana y con café en mano sale en busca de un nuevo día, hacia los depósitos donde se encuentran los periódicos. Quiere ser siempre el primero de la ciudad en retirarlos. No quiere perder minutos para aprovechar la tranquilidad de la madrugada y evitar el caos del tránsito.  Recorre decenas de edificios. Ingresa y deja por debajo de cada puerta, el diario de papel.  Quiere ganarle a la espontaneidad de las redes sociales y los portales digitales por lo menos en el desayuno.

 

En Argentina, hay 39,9 millones de usuarios únicos de teléfonos celulares.  El crecimiento en muy pocos años fue abrumador, según la Mobile Marketing Association. En 2013, sólo el 43% tenía un smartphone mientras que en 2016, la cifra se elevó a 82%. En el año 2010, la BBC realizó un estudio que indicaba que los lectores regulares de diarios locales y nacionales, como el New York Times, habían caído un 50%. Hoy, casi diez años después, ese porcentaje sigue en aumento.

 

El puesto de diarios de 9 de julio 1124 está a cargo de la familia De Carlo desde el año 2013. Es un puesto de color gris que lleva como tatuada en su piel estampas del diario más representativo de la ciudad. Si no fuera por eso, cuando se encuentra envuelto bajo llaves y candados, parece una casilla abandonada donde los grafiteros aprovechan el espacio para expresarse como si fuera una hoja en blanco esperándolos. Este puesto como los otros 300 que existen en Rosario, ha tenido que mutar para adaptarse al mercado y mantener sus puertas abiertas. Hoy se exhiben tanto diarios locales y nacionales, como revistas para que niños y niñas coloreen y hasta hay un espacio, para los compradores de autitos de colección.

 

Hoy la crisis del diario en papel sumado a los problemas económicos de Argentina, dejan números rojos en los puestos. La mayoría de los días, se venden como mucho, diez ejemplares por puesto. Hay canillitas que cierran las puertas de su casilla a las once de la mañana, tras haber vendido un solo diario. Lo más importante del negocio en la actualidad es el reparto. De Carlo tuvo la suerte de poder mantener los clientes que su padre había hecho. Lo que significa un promedio de venta de 100 diarios por día, los días de semana y 150 los domingos.  La mayoría de los compradores tienen alrededor de 60 años y el campo de venta se va achicando cada vez más. Es un momento de crisis para el sector y David lo sabe.

 

Pero hay algo que lo aferra a este oficio y es el legado. David tiene la obsesión de no pasarse ni un solo día en el vencimiento de los impuestos, de pagarle a sus proveedores en tiempo y forma. Lleva con prolijidad las cuentas mensuales. Para adquirir su último automóvil, sacó cálculos durante meses para saber hasta cuánto dinero podía destinar a las cuotas. No tiene tarjetas de crédito. No quiere deberle dinero a nadie. Lo único que debe es todo lo aprendido, y eso se lo debe a su padre.

 

*Crónica producida en el taller de periodismo narrativo dictado por Juan Mascardi y Angel Amaya en el Museo del diario