Evento

Alcira, una mujer moderna

Por Claudia Graciossi

 

 



Alcira tiene algo de Hipatia, aquella mujer de Alejandría que con sus ideas y enseñanzas enriqueció al mundo. Se parecen, se mezclan, se funden. Aquel ágora de las plazas del pretérito adquiere fuerza, presencia nítida y similitud con cualquier aula donde se dé espacio al libre pensamiento, a la discusión enriquecedora, a la razón. Hipatia tuvo su reconocimiento en el cine, una película dirigida por Alejandro Amenábar. Alcira no tiene su film, pero tiene un presente abundante de dicha que sienten aquellos, que con proceder tolerante e indiscriminatorio, despertaron a otros a la lectura, a la escritura, al perfume y la poesía del juego entre la pluma y la palabra. 

 

En febrero de 1961 Alcira Pirich estrena un sencillo y fresco vestido estampado con canesú liso y parte de su pequeño pueblo natal San José de la Esquina, en la provincia de Santa Fe, acompañada por su madre Doña Teresa Rossi, hacia el departamento Vera del norte santafesino. Va al encuentro de la escuela Nro. 945 ubicada en el Km 71 Oeste, con el fin de tomar posesión del cargo de maestra y directora. Inician el viaje en micro con escalas en  Rosario y  Santa Fe y con destino a la localidad de "La Gallareta" para luego continuar viaje en una zorra de ferrocarril, dado que el tren del ramal del ferrocarril Ocampo ya no existía, arrastrado por el retiro de La Forestal, la compañía inglesa que a finales del siglo 19 y en la primera mitad del siglo 20 explotó los extensos bosques de quebracho. 

 

Los recuerdos del paisaje con árboles bajos y hormigueros enormes se le presentan nítidos, aunque hayan pasado sesenta años. La vía terminaba en un pequeño caserío a 11 kilómetros del destino deseado, al que finalmente pudieron arribar gracias a una vagoneta contratada en un pequeño almacén del caserío y siendo éste  el  único medio de transporte  con el  que era posible penetrar en el monte del Chaco Santafesino, en "El impenetrable".

 

Con una mirada femenina sobre el mundo, Alcira "la moderna", integrante de aquel universo de mujeres pioneras en echar mano de sus propios rumbos, cuenta, poniendo el corazón y con voz suave, aquel primer encuentro con la titularidad en la docencia: "La escuela era sumamente pobre, un rancho de adobe con el techo derrumbado, el patio era el monte mismo, el mástil un poste rodeado de malezas". La desolación protagonizaba el escenario y ninguna autoridad aguardaba la llegada de la nueva maestra para ubicarla en posesión del cargo. Pero ella era una moderna, una romántica crepuscular, una mujer de coraje suficiente a la que la seducían los desafíos, nada más podían hacer  arañas, víboras yarará, ni  escuerzos, ni la geografía inhóspita, ni las noches sin luces, ni la inconfortabilidad de usar una letrina a metros del cuarto que ocuparía, que incentivar sus ganas de empezar cuanto antes, de no perderse la visión de ese cielo a medianoche, del paisaje único, distinto, que le devolvían sus ojos. Si bien la única opción posible en ese momento era la de emprender el regreso, Alcira labró un acta dejando constancia de la situación y con el fin de darle fe pública, la hizo sellar en el destacamento policial del caserío aledaño. Decidida a cambiar la realidad, decidió interrumpir el viaje en la ciudad de Santa Fe, denunciando la situación en el Consejo de Educación Provincial.

 

Las cartas entre aquel organismo y la docente fueron y vinieron mientras los días de febrero se agotaban. Alcira emprendió en el mes de marzo el segundo viaje, repitiendo el itinerario y las escalas del primero, ante el inminente inicio de las clases y esta vez acompañada por su tía, Juanita Pirich. Con el afán de establecerse, lo hizo munida de cuatro valijas marrones de cartón duro y otras tantas latas de galletitas con uno de los laterales de vidrio que permitían ver parte del contenido: tizas blancas y de colores, libros y abundancia de útiles escolares que había recolectado en su comunidad. Todo era para paliar la escasez de aquel sitio, para que todos tuvieran, para que a nadie le faltara, para que aquellos descendientes de trabajadores hacheros explotados sin restricciones,   padecientes en carne viva del abusivo, legalizado y naturalizado aprovechamiento por parte de empresarios ingleses, tuvieran una oportunidad de alfabetizarse. Recuerda con precisión de bisturí cuánto costó ordenar aquel equipaje en ese transporte al que llamaban "la zorra", el sonido del desplazamiento por la vía y algunos de los ocasionales pasajeros del día: un señor excedido de peso y transpirado, que llevaba una jaula con pollos, una mujer con su ayudante indígena casi niña y trabajadores ataviados con bombachas gauchescas. Ya ubicada en uno de los laterales, el viento originado en la velocidad del transporte avanzando, peinaba su cabello hacia el lado opuesto al que se dirigían. Entonces para ella, casi como una revelación todo tuvo nombre: los árboles fueron "pequeños quebrachos" o “chañares", "Carlos” el conductor y las hormigas  "coloradas", tal cual sucede cuando se comienza a pertenecer a un sitio, a ser de un lugar.

 

Al arribar a la escuela, impecablemente limpia, tenía techo nuevo y patio desmalezado, el mástil una bandera limpia, esperando ser izada, para nunca dejar de flamear. Ordenadamente, padres y alumnos esperaban ansiosos la llegada de la  protagonista de esta historia, 48 niños se matricularon ese año, la mayoría sin guardapolvo blanco y sin calzado, pero ávidos de aprender a leer y escribir. Dado que "esta maestra" viviría ahí, en la habitación de servicio de la  casa vacía de la "familia Asef" (propietarios del fundo donde se encontraba la institución) no faltarían nunca el "buenos días niños", ni los recreos con juegos, ni el festejo de las fiestas patrias, ni las sumas, ni las restas.

 

Resulta fácil ingresar en el relato de esta mujer que reafirma con lenguaje paraverbal lo que cuenta: un fin de semana de mayo encontraba a las protagonistas inventando qué hacer para mejorar la vida de los alumnos. Así, tijera en manos de la tía Juanita, una de las sábanas blancas del ajuar que llevaron, se convertía en pañuelos de mano a los que Alcira hacía artesanalmente el dobladillo, con el fin de transformar las habituales narices sucias de moco en narices limpias. "En mi escuela, manos y narices limpias", dice. Esa consigna cumplida, junto a cada logro en el aprendizaje, coronado con el infaltable juego de los recreos, reforzaba la autoestima en los chicos y se evidenciaba en rostros más felices.

 

La historia de la "maestra de la 945", se viralizó tal como se viralizaron las historias cuando las redes sociales eran redes de personas: de boca en boca. Desde "La Gallareta" en adelante, pobladores con los que cruzaban palabras, la identificaban como "La Señorita”. Maestra de monte, ejemplo de trabajo, dedicación y vocación, sembró con vigoroso entusiasmo las ganas de aprender en niños, habitantes de una comunidad olvidada, después del auge de la industria del Tanino. "Mujer maravilla", maravillosa, heroína de lo cotidiano, cuyo superpoder radicó simplemente en lograr que las cosas sucedan.

 

 

*Crónica producida en el taller de periodismo narrativo dictado por Juan Mascardi y Angel Amaya en el Museo del diario